Esta doble súplica se repite como un estribillo en las cartas del padre Terme a sus monjas.
Un día escribió a Sor Agnès: “No nos cansemos de elevar nuestras manos en súplica al cielo”. (carta del 21 de diciembre de 1830).
Madre Thérèse fue más lejos, declarando un día después de un recogimiento en agosto de 1866: “Sólo tengo una necesidad, un solo pensamiento: rezar, rezar siempre”. (“Notes de la Mère Chartier sur notre vénérée Mère Thérèse”, nov. 1885).
En 1872, la Madre Teresa escribió esta resolución al final de su retiro: “Aplicarme cada vez más al recogimiento en el curso de mi jornada, conservando en lo posible el recuerdo de la presencia de Dios”. El hecho de que esta actitud fuera objeto de una resolución indica que le costó un gran esfuerzo a la Madre Teresa, que llevaba 46 años de monja. Sus contemporáneos conocían su “naturaleza viva, ardiente y activa”. Pero su capacidad de autocontrol era tal que, sin darse cuenta, ofrecía una imagen viva de la oración. La madre Félicie Rostaing escribió: “Cada vez que esta imagen de la oración pasaba ante mis ojos, entraba en mí misma para asimilar la gracia comunicativa que procedía de ella. Su oración era continua. Nunca me atreví a hablarle durante estos encuentros furtivos: me parecía que la alejaba de sus piadosas conversaciones con Dios”. (Madre Félicie Rostaing).
Para apoyar su oración y permanecer continuamente en la presencia de Dios a lo largo del día, incluso en el trabajo, la Madre Teresa encontró una manera. Escribía invocaciones en pequeños trozos de papel (al Sagrado Corazón o al Santo Nombre de Jesús, por ejemplo), las guardaba en una bolsita en su cesto de trabajo, y regularmente sacaba una para alimentar su meditación y su oración.